Lecturas con preguntas de comprensión, reflexión y opinión en fichas listas para imprimir.
Sofía se arrastraba por las escaleras chirriantes hacia el ático de la abuela, con un suspiro que bien podría haber movido el polvo acumulado durante décadas. La misión: "poner orden en los trastos viejos", como lo había descrito su abuela con una sonrisa enigmática. Para Sofía, de quince años y adicta a las pantallas, aquello era un castigo. El ático era una caverna de sombras, telarañas y objetos olvidados que a sus ojos carecían de valor: muebles cojos, sombreros desfasados y cajas llenas de cachivaches.
Se puso manos a la obra con desgana, revolviendo montones de revistas antiguas y ropa pasada de moda. Cada objeto le parecía más inútil que el anterior. Hasta que, escondida bajo una pila de mantas raídas, encontró una pequeña caja de madera oscura, tallada con un gusto que sobresalía del caos circundante. No era una caja cualquiera; estaba cerrada con un pequeño broche de cobre y desprendía un tenue olor a madera vieja y algo más, algo dulce y olvidado.
Con curiosidad creciente, forzó el broche y la caja se abrió con un leve crujido. En su interior no había joyas ni monedas antiguas, sino un manojo de cartas atadas con una cinta de seda descolorida y una fotografía en blanco y negro. La imagen mostraba a una joven sonriente, de ojos vivaces, junto a un hombre con uniforme militar. Las cartas, escritas a mano con una caligrafía elegante pero un poco borrosa por el tiempo, eran de su bisabuelo, un soldado durante la Guerra Civil Española, dirigidas a su bisabuela, la joven de la foto. Eran palabras de amor, esperanza y la cruda realidad de la guerra.
Sofía, que nunca había mostrado interés por la historia familiar, se sentó entre el polvo y los trastos, y leyó cada carta. Descubrió una historia de valentía, de separaciones dolorosas y de un amor que había resistido el tiempo y la distancia. Las lágrimas empañaron sus ojos al llegar a la última carta, donde el bisabuelo prometía volver y cumplir la promesa de un futuro juntos, una promesa que, ella sabía, sí se había cumplido. El ático ya no era un almacén de cosas inútiles; era un cofre del tesoro que guardaba ecos de vidas pasadas, de un legado familiar que Sofía ahora sentía como suyo. Miró a su alrededor con nuevos ojos, comprendiendo la enigmática sonrisa de su abuela.
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