Lecturas con preguntas de comprensión, reflexión y opinión en fichas listas para imprimir.
Clara siempre había pensado que El Castañar, su pueblo, era el lugar más aburrido del mundo. Cada día era igual: levantarse, instituto, hacer los deberes a regañadientes y pasear sin rumbo fijo por la plaza. Allí, lo único que destacaba era la vieja fuente de piedra, siempre seca, cubierta de musgo y con un aire de abandono que a Clara le parecía tristísimo. A sus quince años, lo que de verdad anhelaba era la vibrante vida de las grandes ciudades, los viajes exóticos y las aventuras que veía en las películas, muy lejos de la monótona rutina que sentía atrapaba su juventud.
Una tarde de verano, el calor aplastaba el ambiente como una losa y no había nada interesante que hacer. Clara, más por inercia que por curiosidad, se sentó en el borde de la fuente, suspirando un aire pesado. Pasó sus dedos por la piedra erosionada y, de repente, notó algo inusual: una serie de grabados casi invisibles bajo una capa de verdín y musgo. Eran pequeñas figuras danzantes y lo que parecía ser una fecha antigua, talladas con esmero. Nunca antes se había fijado en ellos, siempre demasiado ocupada en ignorar lo que la rodeaba.
Justo entonces, Doña Carmen, la vecina de toda la vida, se acercó lentamente con su bastón, observando a Clara con una sonrisa en los labios. “¿Ves, Clara?”, dijo con voz dulce. “Esa fuente no es solo piedra vieja. Era el corazón palpitante de El Castañar. Antes, la gente venía aquí cada mañana a buscar agua, se contaban las noticias del día, y celebraban las cosechas al son de la música. Dicen, y esto es una leyenda del pueblo, que en las noches mágicas de San Juan, si te reflejabas en el agua recién brotada, podías ver un fragmento del camino que te deparaba el futuro”.
Clara escuchó, con los ojos muy abiertos y la boca ligeramente entreabierta. Doña Carmen le contó historias de amoríos que nacieron junto a la fuente, de decisiones importantes que se tomaron a su sombra y de la alegría contagiosa de los niños que jugaban a su alrededor. Describió cómo el agua cristalina que una vez manaba de ella era la vida misma del pueblo, un tesoro que se agotó cuando un cambio en el cauce del río la dejó sin caudal, sumiéndola en el silencio hace ya muchas décadas.
Al terminar el relato, Doña Carmen le guiñó un ojo con complicidad y siguió su lento camino. Clara se quedó sola, pero el pueblo ya no le parecía el mismo. La vieja fuente no era un monumento inerte, sino un libro abierto, lleno de ecos del pasado y de voces olvidadas. Por primera vez, sintió una punzada de orgullo por su hogar y una curiosidad inmensa por desenterrar los demás secretos que El Castañar guardaba pacientemente. Ya no quería huir de su pueblo; ahora, solo quería explorarlo.
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